Me voy de España

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Me voy de España. Desde hoy me siento un exiliado político. Me toca seguir estudiando, aprender de otros: otras lenguas, otros métodos, otras sensibilidades. Toca separarse del árbol para ver el bosque. A la vuelta, voy a decirle a mi sobrina, y a todos los pequeños que suben, que intenté hacer mi parte, que yo no voté a una organización criminal, que la pobreza se está cebando con el mundo, que esto de España es solo un localismo que arrastra su dictadura, que las encuestas movilizaron a los otros y nos ilusionaron a nosotros, que no tuvieron voluntad de informar, que queda mucho por hacer, que no me rindo, que voy a estudiar duro, que yo también estoy en la oposición, que seguimos siendo un futuro esperanzador, que no me rindo de nuevo, que los mayores merecen un descanso y tranquilidad, pero se equivocan, nos arrastran, que quizás yo haría lo mismo. Les diré a los pequeños que es importante imponer un relato, la historia de que los buenos también ganan en España, y que es mejor la constancia que la victoria.

Y que voy a ser feliz para que se extienda.

Paramá

Palmira

A mí, lo único que se me ocurre para describir la realidad es la ficción. Panamá, Palmira, un páramo, una familia, una huida, una desidia. Me sorprende que la realidad, para representar tanta desgracia, se sirva de la mala literatura. Todo es evidente, forzado. En fin, que no sé:

Coja el primer desvío a la derecha. Desconfíe, sí, tal y como le dijo mi compañero Jorge. Allí hay lobos que pasan por ovejas. Al torcer la valla, tras el salto, recoja a sus hijos para evitar que se lastimen. Imagino que una valla no es problema para alguien que ha escuchado silbos de metralleta a diario. Lo digo por los niños. Ya sabe: un niño siempre es un niño. Tengo la impresión de que no me entiende. Le digo que corra, hacia allí, que olvide a su hermana. Se ahogó. Lo siento mucho. Sí, lo intentaron todo. Hubo que elegir. Cálmese, cálmese. La sacamos del agua pero estaba gorda. Perdimos 10 segundos y fuimos a por otro. Señora, desde que trabajo en esto no como pescado. Su hermana no pudo subir y en ese tiempo salvamos a dos. Este trabajo no está pagado. Cómo se lo explico. Jorge. JORGE. Es que no hablo sirio. A ver, no me grite. Usted salte la valla, ocúltese durante el día y camine por la noche entre los setos. Puede llevar a los niños a cuestas. A esa edad duermen en cualquier situación. Jorge, creo que dice que sus hijos no duermen. Ayúdame. No, señora, la policía no: vaya a casa de un vecino. ¿Cómo que Panamá? Jorge, ¿dice “Panamá” o “paradise”?. No la entiendo: es un país para ricos. ESE PARAÍSO ES PARA RICOS. Jorge, me voy. Sigue tú. Se me acabaron las indicaciones para esta gente.

Dile que beba agua, que se va a desgarrar.

Libros | “Lo que sé de los hombrecillos”, de Juan José Millás

Lo que sé de los hombrecillos

Juan José Millás moldea la realidad explorando los límites de la ficción en Lo que sé de los hombrecillos. Un viejo profesor de economía en la universidad ve asaltada su rutina doméstica cuando comienza a comunicarse con unos hombrecillos que corren sobre su mesa. Estos seres, idénticos entre sí, consiguen replicar al protagonista. A partir de entonces el profesor y su miniatura desarrollan una relación intensa, cómica, absurda y peligrosa.

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Mi segundo código python

mi segundo código python
mi segundo código python

Hace unos meses me puse a estudiar Python. Python es un lenguaje de programación sencillo, potente y con unos módulos (librerías) con que conseguir ciertas alegrías. Por ejemplo, extraer la información deseada de una web. A eso se le llama parsear.

No soy ningún experto. Mi primer código fue un ejercicio, casi un juego. Mi segundo código Python se conecta con el servidor mediante protocolo HTTP, parsea la web de vidasajenas.es (un proyecto periodístico personal) y extrae todos los enlaces. Sobra la tercera línea, porque no usé (ni habría sabido usar todavía) las expresiones regulares.

¿Y?

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infoLibre | Coles de Bruselas

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Tratando de escribir un artículo para infoLibre sobre los atentados de Bruselas, pude comprobar mi ignorancia. Yo no sé, pero lo han publicado. Lo único que quise decir es que mi padre no consiguió nunca que yo comiera las coles de Bruselas.

Me preguntaba, en una indigestión de hace unos días, por qué no relacionábamos terrorismo y pobreza igual que relacionamos un comida en mal estado con vomitar. Qué grado de desesperanza es necesaria para que broten terroristas al modo en que calculamos cuántos días deben pasar hasta que caduque una col desde que se arranca del huerto. Por qué las coles son de Bruselas y los terroristas brotan en esos barrios. Qué clima propicia el cultivo de unos y de otros, quién siembra, quién compra las semillas, quién vende las hortalizas y las armas. Quién traga. Por qué se fumiga en los campos de otros, siendo los propios propicios para tanta calamidad.

Es esto. Disculpas:

Coles de Bruselas

Un cocido que sabe a Viernes Santo

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Gabriel García Márquez dijo en su discurso contra la Ortografía que a un periodista francés le deslumbran los hallazgos poéticos de nuestra vida cotidiana. Uno de ellos, por ejemplo, es “el cocimiento de toronjil que rechazó una vivandera de la guajira colombiana porque le supo a Viernes Santo”. Es mejor un cocimiento de toronjil que un cocimiento a secas. También es mejor un ambiente con olor de almendras a un ambiente con un olor raro.

García Márquez exploró cómo “un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: ‘Parece un faro'”. Que el amarillo es el color de los enamorados. Que hay sopas que saben a ventanas, panes que saben a rincones o cerezas que saben a beso.

Son todas imágenes que recogía Don Gabriel en aquel discurso.

A mí los viernes santos me saben a ceniza, algunos domingos a cocido y muchas noticias me saben a cementerio.

Como laico no tengo nada que celebrar mañana, Viernes Santo, y porque estoy obligado a las vacaciones, y por vivir con arreglo a mis creencias, he debido buscarme una fiesta, que voy a celebrar con alboroto en las soledades de mi escritorio, y que tiene que ver con los hallazgos poéticos de la vida cotidiana y cuyo encuentro me produce una emoción extática como la del sentimiento religioso: el lenguaje.

Mañana es el Viernes Lenguo, que me sabe a trombón y me huele a circo con naranjas. Es mejor un circo con naranjas que sin ellas.

Hacia las 11 del 31

Hacia las once de la mañana de un día veraniego de 2009, una niña me ofreció un colgante con toda la superstición del mundo: “toma, a mi abuela le ayudó a curarse, seguro que también le ayudará a él”. Yo lo cogí, claro, pero como quien se coge a un clavo ardiendo. Ya habíamos cruzado la frontera de la ciencia, donde solo caben esperar milagros. Ese lugar, ya sabéis. A las ocho de la tarde, ese mismo día, lo llevamos a pulso al veterinario. Me cuidé bien de colocarle el colgante antes de depositarle en la celda y tuvimos esperanza hasta que salimos, una hora más tarde, y le dije a mi madre: “mira, se le ha caído. El colgante está aquí en el suelo”. Quise decir que si un talismán se había dejado deslizar antes de entrar en un santuario, habría algún motivo por encima de mí que operase con la lógica propia del territorio supersticioso.

Se murió dos noches después, en mis manos, con una dosis de sueño, quiero pensar que eterno.

Es difícil eso del luto, así que yo cogí un boli y le escribí un relato, desde el mundo científico hacia otro muy distinto, que se titulaba “La maleta” (una maleta silenciosa, desvencijada, que sale de casa sin ruido) y que por fortuna no he podido encontrar hoy, 31 de diciembre, la fecha en la que hago propósito firme desde hace seis años de olvidarme de él. Hoy en cambio encontré dos cosas, en lugar de un antiguo relato: una canción y una idea. La canción era la más hermosa del mundo y el fondo sobre el que escribí deshuesándome aquel relato en tono elegíaco. La he vuelto a escuchar. La idea, animada, es la contraria a todo lo anterior, un propósito esperanzador, por fin: no olvidarme de él.

Nunca he sabido si acabar un texto con una cita de autoridad es buena idea, porque deja un regusto a relamido y a profundo a partes iguales. Da lo mismo: A Shakespeare le leí que conservar algo tuyo quiere decir que he conseguido olvidarte. Algo así. Voy a conservar tu recuerdo, Thor, con esta canción, y a celebrarte el nuevo año

“Por qué habla tan alto el español”

Cada cierto tiempo yo me acuerdo, creo que regularmente, del poeta León Felipe. Me alegra y me entristece este poema por ejemplo, “por qué habla tan alto el español”, y creo que me alegra y entristece regularmente, porque es el único que me ha transmitido cierto conocimiento sobre este país, además de la aportación que el absurdo del esperpento, amanece que no es poco y la hora chanante consiguieron. Aquí, cuando se habla de dignidad y voz elevada siempre se silencia y ha quedado este pequeño grito ahogado para quien quiera escuchar algo en algún día de otoño. León Felipe también le escribió algo a la Iglesia y lo dijo todo con tan poca cosa. Les dijo, reivindicativo: “el salmo es mío”.

El quiosquero

Estuve pensando sobre la frase de que una imagen vale más que mil palabras. Concluí que no, que es falso, porque mil palabras dan para muchas imágenes. Casi no nos acordamos de Aylan, por ejemplo, el niño sirio, ni de su padre, pero yo recuerdo perfectamente, por ejemplo, que “el día en que lo iban a matar Santiago Nasar se despertó a las cinco de la mañana para recibir el buque en que llegaba el obispo”. En fin, que escribí algo para The Objective que han querido publicar. No son 1.000 palabras, sino apenas 350, y traté de explicar esta reflexión del único modo que sé: contando historias, como los americanos.

Se titula “El quiosquero