Un cocido que sabe a Viernes Santo

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Gabriel García Márquez dijo en su discurso contra la Ortografía que a un periodista francés le deslumbran los hallazgos poéticos de nuestra vida cotidiana. Uno de ellos, por ejemplo, es “el cocimiento de toronjil que rechazó una vivandera de la guajira colombiana porque le supo a Viernes Santo”. Es mejor un cocimiento de toronjil que un cocimiento a secas. También es mejor un ambiente con olor de almendras a un ambiente con un olor raro.

García Márquez exploró cómo “un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: ‘Parece un faro'”. Que el amarillo es el color de los enamorados. Que hay sopas que saben a ventanas, panes que saben a rincones o cerezas que saben a beso.

Son todas imágenes que recogía Don Gabriel en aquel discurso.

A mí los viernes santos me saben a ceniza, algunos domingos a cocido y muchas noticias me saben a cementerio.

Como laico no tengo nada que celebrar mañana, Viernes Santo, y porque estoy obligado a las vacaciones, y por vivir con arreglo a mis creencias, he debido buscarme una fiesta, que voy a celebrar con alboroto en las soledades de mi escritorio, y que tiene que ver con los hallazgos poéticos de la vida cotidiana y cuyo encuentro me produce una emoción extática como la del sentimiento religioso: el lenguaje.

Mañana es el Viernes Lenguo, que me sabe a trombón y me huele a circo con naranjas. Es mejor un circo con naranjas que sin ellas.

El swing de la bailarina

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—Un gin-tonic, por favor —dijo ella.
—¿Es usted la bailarina? —le pregunté, turbado.
—Eso parece, cariño
—El vestidor está por ahí…
—Gracias
—¿Acostumbra a llegar pronto?
—¿Es usted policía?
—Sólo preguntaba
—Espero que prepares mejor las copas que las preguntas
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La entrevista en que debió sonar Louis Armstrong

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JR había quedado con un hombre acostumbrado a viajar: José David Jurado (JDJ), o sea, Aitor. Le citaron en un bar del Raval con aspecto de cabaret y acento francés. Yo estuve en el interior de la grabadora, apuntando cualquier gesto de la consciencia de cada uno.

Sobre la mesa, sólo pude captar las lámparas grandes y las junturas de las paredes con los techos, que mezclaban colores de la gama del rojo. Era poco, pero en general fue suficiente para advertir que el lugar era un estado de ánimo bohemio. Cada vez que JR preguntaba movía el dedo meñique, el meñique sí, y JDJ comía cacahuetes. No interpreté bien estos gestos mecánicos porque estaba pendiente del estado anímico del lugar, aunque registrando toda la conversación en la grabadora. Me pareció que debía sonar Louis Armstrong en lugar de Sabina.

Y me lo pareció porque recordé una canción del genio trompetas que más que sonar se mueve como una mujer. Ese vaivén de caderas visto desde la espalda que ha popularizado la cultura yanki. En plena conversación, debió aparecer esa mujer de la canción con intenciones, a saber qué intenciones, quizás la de cometer un crimen con unas gotas de algún bromuro casero en el whisky, unas gotitas, con un ademán invisible, o con la intención de besar al camarero sin pajarita para volverle loco para siempre. Si os digo la verdad, creo que la vi, aunque debí imaginármelo y no dije nada. Además, sólo podía escuchar.

El bar era el Barcelona Rita Rouge, la entrevista a JDJ terminó así y debió haber sonado esto:

Entre dos aguas, versión deshuesada

Entre dos aguas de Diego Cortés

Ha muerto Francisco Sánchez Gómez que dicho así no parece ser Paco, el de Lucía, su madre. Yo lo conocía poco como artista y menos como persona, pero conseguí filtrarme en las habitaciones privadas de una canción, Entre dos aguas, en una versión sin huesos ni consistencia que dilataba sus emociones.

[Ver Entre dos aguas, versión deshuesada

La imagen del concebido

Las imágenes

Acaba de escuchar JR la típica canción pegadiza que no se va de la cabeza. La sintonía del PP, pongamos, o la del Mercadona. La de Mercadona acabas cantándola cuando sales de comprar cualquier cosa, barras de cangrejo congelado, por ejemplo. La del PP la cantas después de ver Futurama.

Según la opinión popular, con las imágenes ocurre algo parecido. “No me lo puedo quitar de la cabeza. Qué imagen”. Las imágenes se graban con algo realmente impactante, aunque YouTube y la tele nos han dado tantos impactos que ya ni siquiera lo de Siria.

Lo curioso, dice un quiosquero, es la incapacidad de una imagen para valer tanto como 1.000 palabras. Las imágenes que se graban a fuego, marcadas en el cerebro como se marcan las reses, desprendiendo humo y grito por lo general, esas imágenes nos las han contado o las hemos leído. JR lo estaba discutiendo con ese quiosquero, un quiosquero ilustrado, por lo demás.

“Esta portada del periódico. Mira. Se va a grabar en los lectores. Mira qué foto”, le ha dicho JR. El quiosquero le ha dicho que no, que es por el titular. Como no terminaba de convencerle, el quiosquero ha sacado un argumento de su biografía:

Leí de pequeño un libro de mayores, porque en Guatemala no teníamos esa frontera de lo que es adecuado para unos y perjudicial para otros. Los niños tragábamos con todo porque nada era tan brutal como la realidad que vivíamos. Leí, como te digo, que meter una imagen al lector es muy fácil, pero otra cosa es la adecuación de esa imagen en un contexto dado: ‘un sandwich de cuchillas gillete’, ponía como ejemplo el autor en aquel libro. Te lo imaginabas mordiéndolo, pero no era el momento, porque describía un ambiente amable. No venía al cuento. Claro, lo veías en seguida, eso sí. Pero no se te grababa intensamente. Lo que me habría gustado decirle al autor es qué había leído y visto en el diario de mi compañero de colegio: ‘ La fachadas de mi bloque han amanecido con ‘Hija de puta” y “Si no estás con nosotros, muerte’. He pisado un cuerpo de camino a casa. Le faltaban las 20 uñas y le quedaban posos de carne cruda en los dedos. El barrote de la ventana del colegio ha desaparecido. Acabó traspasando el cuello de la profesora. La barra sostenía la cabeza y el cuerpo abierto por el vientre. El feto lo llevaba en la mano. ‘Así acaban los que no están con nosotros’, decía una pintada.

Luego el quiosquero admitió que la experiencia se la había escuchado a una mujer de unos 50 años que había ido a comprar una biografía. “Se la robé porque me parecía que venía al caso. La mujer me comentó que quería escribir su biografía y que buscaba modos de narrarla”, confesó el quiosquero.

Jacobo Serra, la persona y el cuerpo

Jacobo Serra y Robert Contreras en Barcelona

La historia de Jacobo Serra es la de un joven que ha cogido la toalla en lugar de tirarla. Es una toalla musical, artística, por lo que parece que, tal y como está el patio, tiene más motivos que nadie para dedicarse al derecho anglosajón, que es lo que ha estudiado, en lugar de a la cultura.

Sobrevive con ilusiones (menos mal) y con algunas traducciones inglés-español desde Madrid. Llegó de Inglaterra hace 3 meses, se afincó en la capital con su pareja y ya está dándolo todo con su primer EP The world I never say.

Jacobo Serra en la sala Sidecar de Barcelona

Lo diré al modo de Millás: “cuando quedas con Jacobo primero llega él y al rato su cuerpo”. Tiene cuanto puede necesitar un músico: talento, capacidad y un carácter conciliador que le sacará de cualquier apuro. El suyo es el retrato de un hombre en lugar del del rockero irreverente, personaje incluso en su vida cotidiana, apartado de los circuitos del marketing de genio outsider. Su imagen de artista (su cuerpo) es una y la del hombre otra (él). Te lo presentan como el músico, que lo es pese a su juventud, así que sorprende que lo que primero llegue es una persona. Después, sobre el escenario, llega el cuerpo de un artista: una guitarra, una camisa moderna y unos vaqueros modernos, un pañuelo azul al cuello, un peinado a juego con unas gafas de pasta que no lleva, la voz tranquila.

Le entrevistamos, le fotografiamos y nos dimos un paseo por Barcelona hasta la sala Sidecar, en Plaça Reial. Allí llegó su cuerpo. Llegó cuanto tenía que llegar de un músico. Observas y escuhas: “qué tablas tiene”, piensas, “pero es joven”, te sorprendes. “Aún puede cambiar ese estilo tan melancólico”, opinas: “ves, un blues, qué ritmo”.

Jacobo Serra guitarra

Abandonas la sala Sidecar, te alejas del cuerpo, piensas en la persona, y esperas que su música y su estilo evolucionen para el entretenimiento y el pensamiento, ya que tiene capacidad sobrada, y que la fama no se lo trague.