Un cocido que sabe a Viernes Santo

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Gabriel García Márquez dijo en su discurso contra la Ortografía que a un periodista francés le deslumbran los hallazgos poéticos de nuestra vida cotidiana. Uno de ellos, por ejemplo, es “el cocimiento de toronjil que rechazó una vivandera de la guajira colombiana porque le supo a Viernes Santo”. Es mejor un cocimiento de toronjil que un cocimiento a secas. También es mejor un ambiente con olor de almendras a un ambiente con un olor raro.

García Márquez exploró cómo “un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: ‘Parece un faro'”. Que el amarillo es el color de los enamorados. Que hay sopas que saben a ventanas, panes que saben a rincones o cerezas que saben a beso.

Son todas imágenes que recogía Don Gabriel en aquel discurso.

A mí los viernes santos me saben a ceniza, algunos domingos a cocido y muchas noticias me saben a cementerio.

Como laico no tengo nada que celebrar mañana, Viernes Santo, y porque estoy obligado a las vacaciones, y por vivir con arreglo a mis creencias, he debido buscarme una fiesta, que voy a celebrar con alboroto en las soledades de mi escritorio, y que tiene que ver con los hallazgos poéticos de la vida cotidiana y cuyo encuentro me produce una emoción extática como la del sentimiento religioso: el lenguaje.

Mañana es el Viernes Lenguo, que me sabe a trombón y me huele a circo con naranjas. Es mejor un circo con naranjas que sin ellas.